Calcinó a su amiga y la mató brutalmente para robarle a su bebé

2019-03-21

Mi hija había agarrado mis guantes de jardinería y estaba jugando en la tierra, buscando lombrices. En verdad, se había puesto los guantes en los pies y jugaba también a que era un pato. Le pedí que se los quite y los deje como los había encontrado, pues yo los necesitaría luego.

Entonces ella corrió a lavarlos, ensuciando nuevamente todo el pasillo del patio trasero que mi marido había dejado inmaculado hacía pocos minutos. Mi esposo la reprendió seriamente, y mi hija no sabía si seguir lavando los guantes o entregármelos sucios.

Cuando mi pequeña no estuvo cerca, me acerqué a mi marido y le dije que había sido algo rudo con ella. “No es bueno que me desautorices”, me dijo. Y allí comenzó la discusión. Una vez más, estábamos discutiendo por algo que había sucedido con nuestros hijos. Algo que le sucede a la mayoría de los padres.

No son ellos, somos nosotros

Los hijos vienen a cambiarnos por completo. A transformar nuestro mundo, y a tirar por la borda los preceptos que teníamos acerca de la paternidad. Nos hacemos en el camino, y nos deshacemos, para volver a surgir.

Desde que nos convertimos en padres, con mi esposo nos encontramos muchas veces discutiendo por temas relacionados a nuestros hijos. Y no son ellos los culpables, somos nosotros. Somos mamá y papá quienes debemos encontrar la forma de aliarnos, comprendernos y amalgamarnos para llevar adelante esta empresa.

Desde que soy mamá, soy consciente de que tengo mucha más paciencia que antes, aunque no siempre se note. Pero no solo me refiero a la paciencia con mis hijos, sino con mi marido. Ambos estamos transitando el tumultuoso camino de la paternidad y comprendo que muchas veces él también se siente tan sobrecargado como yo.

Unirnos es la clave

Cada día estoy más convencida de que uno de los errores más graves en los matrimonios con hijos es entregarse por completo a los niños, olvidando que la pareja también debe recibir su cuota de cuidado.

No se trata de uno u otro; de los hijos o la pareja. Se trata de encontrar el equilibrio para brindarse por completo tanto a los hijos como a la relación marital, sin enfocarse de un lado o del otro, sino de ambos por igual. No olvidemos una gran premisa: somos una familia.

El timón de esa familia son mamá y papá. Somos los padres quienes debemos estar unidos y fortalecidos para llevar adelante una familia exitosa. Si uno de nosotros olvida ésto, los pilares se debilitan y la familia decae.

Seamos como el pan

Antes de casarnos, con mi marido asistimos a un encuentro pre marital, donde una pareja experimentada y fervientes seguidores de la fe, nos brindaron su experiencia y consejos para el gran paso que estábamos a punto de dar.

La mujer, que rondaba sus sesenta años y tenía el temple del sosiego en su ceño, nos dijo.

“Sean como el pan. Uno es la harina, el otro es el agua. Cuando se unen, se transforman en pan. Y si quieren separarse, jamás volverán a ser harina y agua por separado. Eso es el matrimonio ante los ojos de Dios. Ustedes podrán tener sus diferencias, y hasta separarse algún día, pero ante Dios, serán siempre pan”

4 cosas que aprendí a hacer por mi matrimonio

De repente, la vida nos encontró con una personita de mirada profunda y cuerpecito frágil, en nuestros brazos, impávidos ante la explosión del milagro de la vida. La responsabilidad que teníamos ahora era enorme. Pero teníamos como arma el amor.

Entonces, ellos, nuestros hijos, vinieron a perfeccionarnos y a consumar nuestra unión. Y aprendimos a ser padres en el camino, pero también aprendimos a luchar por nuestro matrimonio más que nunca.

En estos años le hemos dado batalla a las desilusiones y a los desencantos como nunca antes. No podíamos a veces con nosotros mismos, y ahora debíamos “poder” con todo lo que implica llevar adelante una familia.

Y en ese trayecto, aprendimos. Y yo, como mamá y como mujer, aprendí muchas cosas que debía hacer por mi matrimonio, desde que nuestros hijos llegaron a nuestra vida.

1. A comprender nuestras diferencias

Ahora más que nunca, entendí que su forma no es la mía. Que la suya no es peor ni mejor, sino distinta.

Y que si el otro no piensa como yo, no debo enojarme, pues no es malo ni bueno, simplemente es otro.

El punto está en saber conciliar esas diferencias. Y la paternidad logra ésto y mucho más, en una pareja dispuesta a vencer los obstáculos y lograr la armonía. Aprendí que todo ello se soluciona conversando, y que un buen diálogo puede aportar soluciones asombrosas.

2. A valorar nuestro tiempo a solas

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