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2021-01-29

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” Juan 3:16.

Dios experimentó el mayor de los sufrimientos a través de su Hijo Jesús, ya que junto a su Hijo, murió en la cruz porque no debemos olvidar que Jesús fue Dios hecho hombre.
Y el rasgo más característico de Jesús, cuando vivió entre nosotros, fue la compasión y lo sabemos porque lloró y se solidarizó con quienes más sufrían y eran más humillados y sanó a muchos pidiéndoles que se arrepintieran de corazón de todos sus pecados. 

Por lo anterior, reconocemos al pecado como una de las enfermedades más letales que puedan existir y Jesús nuestro Señor, conquistó el poder del pecado y la muerte en la cruz que tuvo que cargar y en la que tuvo que morir.  

Jesús tiene el poder de curarnos a todos porque es el máximo sanador y su cruz es la marca del perdón que restaura nuestra relación con el Dios cuando volvemos nuestros corazones a Él.

¿Cómo enfrentó Jesús su propio sufrimiento y muerte?

Ya Jesús tenía la certeza de cuál era su propósito como Hijo de Dios. Sabía que había venido a sufrir y sabía que iba a morir.

“Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros” Isaías 53:5-6.

La noche que fue traicionado en el Huerto de Getsemaní, pasó tiempo en oración con su Padre y fue honesto ante Él. Pidió que le quitaran el sufrimiento, aunque sabía lo que vendría. Se mantuvo obediente al Padre diciéndole “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Jesús jamás se vengó de quienes lo humillaron, despreciaron, torturaron y golpearon, al contrario, le pidió al Padre que los perdonara y así como pidió por ellos, Jesús por medio de la cruz también estaba pidiendo perdón por nuestros pecados.

No debemos olvidar, que el sufrimiento de Jesús y todas las torturas y el dolor que tuvo que experimentar fue mucho mayor que cualquier dolor o sufrimiento que nosotros estemos viviendo, ya que Jesús tenía el peso del pecado de todos sobre Él.

Además, Jesús tuvo que sentir y experimentar la separación del Padre (Mateo 27:46),

“Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”
Pero, no olvidemos, cuando creemos y confiamos en Él, Él nos promete que siempre estará con nosotros (Mateo 28:20) y que nunca nos dejará ni nos desamparará (Deuteronomio 31: 6, 8; Salmo 94:14).

... y ahora podemos vivir nuestra vida por Él.
 
¿Cómo afrontar el sufrimiento y la muerte como Jesús?

Recordando las promesas de Dios.

La promesa de Dios hacia nosotros reside en jamás abandonarnos ni soltarnos de la mano, no importa cuán intrincado sea nuestro camino o cuán complicada y llena de angustias este nuestra vida.

Hay innumerables promesas en la Palabra de Dios que nos ayudan a aliviar nuestras angustias y sufrimientos  y gracias a la Palabra de Dios sabemos que la muerte, incluye la vida eterna donde no habrá sufrimientos, ni más lágrimas ni dolor y además, sabemos del regreso final de Jesús quien volverá para arreglar todas las cosas.

Con el poder del Espíritu Santo

Cuando Jesús dejó a sus discípulos y ascendió al cielo después de su bella resurrección, les confirmó que el Espíritu Santo se quedaría entre ellos y les dijo:
 “Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, él testificará acerca de mí” Juan 15:26. Por el inmenso poder del Espíritu Santo poseemos las herramientas necesarias para triunfar enfrentar y darle la cara a lo que se nos presente.

Jesús está cerca de nosotros a través de la oración

Jesús intercede por nosotros ante el Padre y podemos acercarnos a Él en oración con nuestras peticiones, anhelos, agradecimientos y confianza en su amor infinito. Él nos escucha y podemos tener una conversación con el Dios vivo en todas las circunstancias de la vida, incluidas las más desafiantes  y dolorosas. 

A menudo es a través del sufrimiento que encontramos a Dios. Debemos aprender a oír su voz para que cuando nos enfrentemos a situaciones desafiantes e inesperadas, Dios ya esté en sintonía con nosotros para podernos ayudar.