Me senté en el suelo junto a ellos. Aún tenía pila de ropa por planchar y en realidad ya era hora de ir a la cama. Mientras lavaba los platos, mi marido me miró de reojo con una sonrisa cómplice, uniéndose al pedido de mis hijos que decían “Mami, ¿podemos jugar un ratito más?”

Entonces me convertí en la señora que iba a comprar al mercado, y pedí un refresco, unas verduras y unos croissants. Me atendieron de maravillas, y hasta me dejaron pagar con tarjeta. Al instante el mercado se convirtió en una discoteca bailable y nos unimos a la fiesta. Jugar con ellos es un lujo ¿Qué más puedo pedir?

La alegría de mis hijos me colma el corazón y me hace entender que la felicidad está en esas pequeñas cosas cotidianas. Esa noche podría haberlos acostado a las 9 p.m, o podría haber tenido la casa inmaculada y la ropa planchada. Pero en verdad, ellos necesitan de mí mucho más que eso.

Ellos me necesitan feliz

Creo que la maternidad a las mujeres nos cambia por completo. A mí, al menos, me hizo más paciente, más reflexiva y más empática con los demás. Y aunque suene paradójico, la felicidad no siempre está a la orden del día en nuestra cotidianidad, pues las madres solemos vivir preocupadas por ésto o por aquello.

La lista de tareas nunca termina, y con ello, el estrés sobreviene. Entonces, nos dejamos llevar por la vorágine y nos enfrascamos en las tareas que la maternidad nos demanda sin detenernos demasiado en aquellas cosas que nos hacen realmente felices.

¿Te has puesto a pensar en que algún día será la última vez que tus hijos te pidan sentarte en el piso a jugar con ellos? Mientras tanto, hay que aprovechar esos momentos al máximo, pues el tiempo nunca volverá.

Una infancia feliz

Aún resuenan en mi mente las canciones de mi artista favorita de la infancia, Xuxa. Recuerdo que solía pedirle a mis padres que se sentaran en la sala de estar para ver uno de mis shows. Sus aplausos y sonrisas me motivaban a seguir expresando mi “arte”.

Recuerdo de ese entonces que mis padres tenían muchos problemas económicos, pero no recuerdo haber visto a mi madre llorando por los rincones ni mucho menos. Pero sí evoco su sonrisa, ese preciado regalo que me hacía en el momento justo, donde la paz y seguridad me invadía.

Cuando rememoro cuán feliz fui en la infancia, reflexiono acerca de cuánto tuvieron que ver mis padres en ello. No eran perfectos, pero sí me transmitían felicidad, y eso es lo que queda marcado a fuego.

Serlo es una decisión

Vivimos en una sociedad que corre alocadamente en una carrera hacia el éxito. En el mundo de las madres ésto es cada vez más notorio. Las comparaciones son inevitables, y el juzgamiento está a la orden del día.

Que si amamantas, que si das biberón. Que si trabajas fuera de casa, o no lo haces. Que dormirlo en brazos, o dormirlo en la cuna. Ninguna de nuestras elecciones nos hace mejores o peores madres que otra. Pero sí, tu elección será la mejor para tu hijo, y para el de ninguna otra madre más.

Tu hijo no te necesita perfecta, te necesita feliz. Y ello es una decisión que debes tomar todos los días. Es cierto que la maternidad está llena de dudas e inseguridades a lo largo del recorrido. Pero también es nuestro deber hacer las paces con ellas y hacernos cargo de nuestras decisiones, para sentirnos a gusto con ello.

En la imperfección está la originalidad

Mi hijo pequeño está empecinado con usar su cinturón día y noche. Él se pone el cinturón sobre cualquier ropa, aún sobre su equipo deportivo. Le expliqué mil veces que el cinturón no va sobre su camiseta de fútbol y que ese accesorio se usa sólo con pantalones de vestir o jeans. Pero él insiste.

Podría comenzar una lucha para hacerle entender a esta personita de 4 años que mamá sabe, pero en realidad ¿A quién le importa cómo va el cinturón? Sí, la gente mira y dice “mira lo que le ha puesto esta madre a ese chico”. Pero la sonrisa triunfal de mi hijo vale más que cualquier murmuración. Después de todo, es sólo un cinturón.

Sé una mamá feliz

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