2020-10-22

<<Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden hacer nada>>. Juan 15:5

“Así como los pámpanos crecen en el árbol, así nosotros crecemos de Cristo”.
Jesucristo es nuestra piedra angular que sostiene toda una edificación, Su iglesia; y, como cita Juan 15:5 es nuestra vid. Un tronco firme y sano, completamente perfecto, pero sostiene unas ramas que no siempre están conformes con ser parte del árbol y se secan, dejan marchitar sus hojas y dan malos frutos.

Siempre vemos en los árboles como  hay ramas más fuertes que otras, pero las ramas más débiles siguen siendo parte del árbol y pueden dar jugosos y dulces frutos. ¿Entiendes a qué me refiero? El fruto es del árbol, no solo de la rama, el Señor puede hacer grandes cosas en tu vida y a través del poder de Su Evangelio una rama caída puede fortalecerse, dar buenos frutos y embellecerse con preciosas flores porque su sustento está en su tronco, Cristo.

¿Sabes qué pasa cuando un tronco es débil? Todo el árbol se cae, pero eso nunca nos pasará; al contrario, no hay nada más fuerte que nuestro Mesías. 
Te preguntarás: ¿Por qué Jesús se compara con un tronco y a nosotros con los retoños que se convierten en sus ramas? Veras… Nuestra razón de ser está centrada en Cristo, necesitamos de Él para tener un propósito en nuestra existencia; tal como los pámpanos necesitan de su vid. 

¿Cómo podemos dar buenos frutos?

Lo primero que debemos comprender es que no es por nuestras fuerzas. ¿Qué podemos darle al Dios que nos lo ha dado todo? Nuestra vida, nuestro corazón vacío, nuestra naturaleza pecaminosa con sed de encontrar al Dios de la misericordia. 

Reconoce que todo buen fruto viene de Dios, no de nuestras obras. Por más que nos esforcemos si el objetivo de nuestras acciones no es bendecir a Dios y cumplir con sus mandamientos, solo caeremos en la vanagloria de nuestra carne.

Deja que tu vida sea guiada y llenada por la Palabra de Dios. Todo cuanto aprendas créelo con fe porque viene de Dios. 
Nuestros malos hábitos constantemente nos  alejan del Padre: No hacer devocionales, dejar de orar, no compartir el evangelio, no alabar a Dios... 

Para que crezcan en ti buenos frutos debes comprometerte a recibir el consejo de Dios y Sus bendiciones. Si no sabes cuánto o qué tanto puedes y necesitas hacer para involucrarte en las cosas del Señor, simplemente acércate lo más posible. Solo pídele que te dirija y hazlo todo para Su gloria.

Los frutos no son nuestros, son de Dios. Una manifestación de su gran amor en nuestras vidas. 

<<Produzcan frutos que demuestren arrepentimiento. No piensen que podrán alegar: “Tenemos a Abraham por padre”. Porque les digo que aun de estas piedras Dios es capaz de darle hijos a Abraham>>. Mateo 3: 8-9

Los frutos que demuestren arrepentimiento son aquellos que provienen de aquel que reconoce que es un pecador, y, sólo a través de la cruz es merecedor de las bendiciones de Dios, porque ha sido adoptado como Su hijo.

Abraham es el Padre de la fe. El no conocía el plan de Dios para él, sólo hacía lo que Dios le pedía y confió en las promesas del Señor. Abraham fue un pámpano sostenido por la vid. Su fe y los deseos de Su corazón estaban prestos para cumplir el plan perfecto de Dios.

 Somos instrumentos usados para la gloria de Dios, nuestro Padre puede hacer que las piedras, parte de su creación al igual que nosotros lleven el Evangelio. Pero Él nos da la bendición de ser llenados por Su Espíritu y vivir una vida agradable y bendecida por Él. ¡Gracias Padre!