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“REGRESAMOS A LA SIGUIENTE SEMANA”


Pedí permiso para entrar al cuarto 3717 donde estaba Ernesto Fuentes. La mujer en la ventanilla me preguntó, algo despreciativa, si éramos familiares de Ernesto. “No, somos ministros, venimos a orar”, le contesté. Ante esto ella dijo: “sí, pueden pasar, pero él ya no está en este mundo, él no sabe qué es lo que pasa”. Quedé mirándola y le dije suavemente que sólo queríamos orar por él, abrazarlo y decirle que no estaba solo, “que le amamos en el amor de Cristo”.

“Pasen”, dijo ella sin darse vuelta para mirarnos. Le dije entonces al pastor: “me da gusto que ellas estén conscientes de que él está muy enfermo, porque Dios va a hacer un gran milagro en la vida de este joven, para testimonio del poder y la gloria de Cristo”. Entramos al cuarto, la enfermera iba de salida. Le pregunté: “¿podemos orar por él?”.

“Sí, adelante”, contestó Rebeca. En esta ocasión estaba despierto; ya se notaba mejoría en su salud. Ernesto sonrió en cuanto nos vio llegar. “Hola, soy Isaías Arvizu y él es el pastor Ramón Díaz, ministros de Jesucristo, ¿nos recuerdas?”, le dije.

“Sí, la otra vez oraron por mí”, contestó, y me tomó la mano muy fuerte. Inmediatamente, lo abracé y lo volví a besar. “Venimos a orar por ti otra vez, ¿nos permites?”, le pregunté. Asintió e hicimos la oración. Esta vez no me soltó ni un momento la mano, apretaba mis manos y antebrazos como aferrándose a la medicina que le veníamos a ofrecer, enviada directamente desde el cielo

Estando en medio de la oración le dije: “Jesús te va a sanar”. Entonces él dijo: “Sí, yo tengo fe”. Ante esto dije: “y te va a levantar para que testifiques del poder de Dios”. El gritó: “¡Levántame, Dios!”. Y yo le dije: “vas a volver a caminar, a correr y a brincar”. Y él, entre gritos y llanto, decía: “¡Sí, quiero volver a caminar!”, a lo cual le aconsejé: “Pero jamás olvides quién te sanó”. Y él afirmó, convencido: “¡No, nunca lo voy a olvidar, nunca se me va a olvidar este día, amén!”.

Siempre mi oración es unirme en la necesidad por el que oramos y decirle a Dios que esperamos en su tiempo y en su voluntad, pero esta ocasión fue diferente: decirle a alguien que Dios lo iba a sanar y todo lo demás que le aseguré, nunca lo había hecho. Tampoco pienso hacerlo hoy ni en el futuro, a menos que sea guiado por el Espíritu de Dios como en ese instante, que hasta ahora siento que no fueron mías esas palabras, sino de aquel que me envió. Es que somos solo vasos e instrumentos de su amor.

En ese instante interrumpió la enfermera. Nos pidió disculpas diciendo que debía asearlo y que había estado afuera esperando para darnos oportunidad de orar. “Muchas gracias”, le dije, dándole un apretón de manos, apreciando lo amable que había sido con nosotros al darnos ese espacio para la oración y nos retiramos.

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