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Mi hija de 4 meses tenía mucha fiebre. No tenía con que medirle la temperatura en ese momento, solo con mi mano tocaba su frentecita y estaba tan caliente que quemaba. Había llorado toda la tarde, pero ahora solo respiraba rápidamente y un crujido en su pecho me hacía pensar que algo pasaba en sus pulmoncitos o en sus vías respiratorias.

Vivíamos en un pueblito cerca del Distrito Federal y aunque me encontraba casi en la capital de México, no había un doctor cerca de mi humilde casita. 

Mi marido había salido a trabajar desde el lunes hasta Toluca y no había regresado. Era jueves y yo ya no tenía dinero. Eran días muy difíciles para nosotros.  El color de la piel de mi niña empezó a cambiar. Tenía yo tanto miedo porque algo dentro de mí me decía que esta enfermedad o infección era grave y mi pequeña podía morir.

¿Saben? Yo ya no creía en Dios, me habían pasado tantas cosas que había renegado de la fe que mi madre me había inculcado. Había visto tantas cosas dentro de las iglesias que estaba decepcionada de los hombres y de Dios y de todo. 

Esa noche según yo, ya no creía en Dios, pero me empecé a preocupar tanto por mi hija, que sin ni siquiera ponerme a pensar en las cosas de la biblia, empecé a murmurar una oración al Dios del cual me había yo alejado.

Mi madre me llevaba a la iglesia desde niña y no nos perdíamos ningún servicio. Lunes, miércoles, viernes, sábado de Damas, escuela dominical, servicio por la tarde y campañas evangelistas. Cuando llegué como a los 13 años me empecé a hartar de tanta iglesia. 

A veces había chicos de mi edad y a veces no, el mayor problema para mí, es que éramos pobres y siempre hay tanto cristiano inmaduro, que no educan bien a sus hijos y los chicos me mataban con las burlas. Se reían de mis zapatos rotos, de mis vestidos viejos y sí, eso sucedía dentro de la iglesia. Los domingos por la noche toda la gente gritando y hablando en lenguas. 

El lunes por la mañana, las palabras, los chismes y las calumnias que escuchaba de la boca de las “hermanas” eran tan sucias, dolorosas y prácticamente increíbles que mi fe se empezó a enfriar. 

Siempre he sido muy práctica, objetiva y algo no “me cuadraba” muy bien. Estas cristianas no eran como Cristo, después de todo, parecían discípulas del infierno.

Me casé joven, a los diecisiete años y perdí mis primeros dos bebes. Vivimos con mi madre por 4 años hasta que un día, mi marido se peleó con ella y optamos por salirnos. 

Esta noche, con mi bebé enferma, todos estos pensamientos revoloteaban en mi cabeza. Yo me había alejado de Dios, creo que el alejarme de mi madre había ofendido a Dios o no sé qué sería, pero no nos estaba yendo muy bien. ¿Por qué todo nos sale mal?


Y ahora, pobre, sin dinero, con mi hija casi muriéndose, sin ningún medio para comunicarme con mi marido y sin tenerle la confianza suficiente a los vecinos para pedirles ayuda, tenia deseos de morirme junto con mi bebé.

Cuando volvía en mí y salía de la maraña de pensamientos, me escuchaba a mí misma balbuceando palabras hacia Dios.

- Dios ayuda a mi niña… Dios cura el cuerpecito de mi niña, Señor ayúdala.

Decidí ponerme seria. Me levanté, me lavé el rostro con el agua más fría que encontré (era diciembre, invierno aquí en México) y ya más despierta regresé al lado de mi niña, y …me costó un poco de trabajo, pero me hinqué de rodillas junto a su camita.

-Señor tu sabes quién soy. ¿Te acuerdas de mí? Soy la Matilde, la loquita aquella que iba a tu casa a comer palomitas de maíz y a mirar las películas que nos llevaban los gringos. Un día yo hice una oración para que entraras en mi corazón. Sentí muy bonito, tenía como 11 años, pero después de una regañada de mi madre se me olvidó la felicidad y creo que fue también en ese tiempo cuando cambiaba de niña a adolescente y mis emociones, mis sentimientos estaban muy confundidos. Me di cuenta de muchas cosas que me hicieron enojar y me hicieron dudar de que tu existes, pero yo sé en el fondo de mi corazón que, aunque me he olvidado de ti, yo sé que tu si existes y a veces, te siento…

- A veces sé que estas aquí, no sé porque, pero te siento en este momento y me imagino que ya sabes para que te estoy orando. Quiero que sanes a mi hija, no sé cómo pedírtelo, ya ni me acuerdo de los versículos bíblicos para empezar las oraciones.

En eso recordé que en una maleta vieja había ropa que aun guardaba desde mi adolescencia creo haber visto un pedazo de biblia, o de un himnario. Me levanté rapidito, abrí la maleta, busqué entre los trapos viejos y si, ahí hasta abajo estaba un pedazo de aquel libro de portada negra. La parte de enfrente estaba carcomida y solo tenía unas cuantas páginas. 

En una hojeada rápida vi que aún quedaban algunos salmos, de un libro de Isaías y algunas páginas del nuevo testamento. Con una mano tocaba la frente de mi hija y la acariciaba sintiendo que lo caliente de su piel me llegaba hasta el alma.

Mis ojos empezaron a recorrer las palabras de un Salmo:
Salmos 116
1 Yo amo al Señor porque él me escucha,
porque oye mi voz cargada de súplicas.
2 El Señor se digna escucharme;
por eso lo invocaré mientras viva.
3 Los lazos de la muerte me envolvieron,
y me angustié al verme tan cerca del sepulcro;
mi vida era de angustia y de aflicción constante.
4 Pero en el nombre del Señor clamé:
«Señor, ¡te ruego que me salves la vida!»
5 El Señor es justo y compasivo;
nuestro Dios es todo bondad.
6 El Señor protege a la gente sencilla.
Yo estuve muy enfermo, y él me levantó.
7 ¡Alma mía, ya puedes estar tranquila,
porque el Señor me ha tratado con bondad.
8 Tú, Señor, me libraste de la muerte,
enjugaste mis lágrimas y no me dejaste caer.
9 Por eso, Señor, mientras tenga vida,
viviré según tu voluntad.
10 Yo tenía fe, aun cuando dije:
«¡Es muy grande mi aflicción!»
11 Era tal mi desesperación, que exclamé:
«¡No hay nadie digno de confianza!»
12 ¿Con qué voy a pagarle al Señor
tantas bendiciones que de él he recibido?
13 ¡Sólo ofreciendo libaciones por su salvación,
e invocando el nombre del Señor!

Hasta ahí pude llegar, mis ojos se llenaron de lágrimas y ya no pude más, era como si una cascada de …no sé de qué, llenaba mi alma. Ya ni me acuerdo las palabras que salieron de mi boca, lo que sí sé, es que no paraba de llorar, pero no de tristeza, ni de coraje, ni de preocupación. Era como si me encontrara al padre que yo nunca había conocido y este me abrazara y me dijera: Te amo…

Yo sabía que era Dios. Él estaba ahí conmigo y con mi hija. 

Me quedé dormida, pasaron como 4 o 5 horas y solo me despertó el cantar de los gallos. Desesperada me levanté y estiré mi mano para tocar a mi hija. Mi linda criaturita estaba despierta y sonriendo la muy traviesa.

 Le toque su frente, su estomaguito, sus manitas, ya no tenía fiebre, su temperatura era normal. Le levanté la cobijita y puse mi oído en su pecho. Ya no se oía el gruñido como de animal que se le escuchaba la noche anterior. Su naricita estaba limpia y respiraba perfectamente.

Mi mente estaba como en blanco, no me acordaba lo que había pasado. Me preparé un poco del café que me quedaba y me senté en mi cama. Vi tirado en el piso el pedazo de biblia, aún abierta en el mismo salmo que había leído anoche antes de quedarme dormida.

Ahí supe lo que había pasado. Dios había venido a visitarme, no teniendo en cuenta mis pecados ni mis rebeliones y me había concedido mi primera oración a Él en muchos años: Una oración de sanidad por mi bebé.

Cuando regresó mi marido le conté todo y el mismo me sugirió que buscáramos una iglesia cristiana, ya que él también había sido cristiano de niño.

Este domingo pasado escuche al pastor hablar de las oraciones de sanidad y de cuáles son las oraciones bíblicas más “poderosas”. Yo levanté la mano y les conté a todos lo que me había pasado y el pastor estuvo de acuerdo conmigo, que la oración más poderosa para recibir salud o cualquier favor de parte de Dios, no es una oración aprendida de memoria, sino aquella oración sin palabras que sale de un corazón que realmente lo necesita.

A mí me llegó mi día de venir ante Dios y espero que a los que les comparto mi testimonio también les llegue el día de acercarse de todo corazón a Dios.
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