Parece que es prácticamente imposible criar a un niño normal en estos días, con los videojuegos violentos, las cosas malas que ahora parecen buenas, la obesidad infantil... Aun las cosas buenas que creemos que hacemos para nuestros hijos les están arruinando la vida, según recientes estudios. 
Examina esta lista y presta atención en qué estás fallando. Quizás no te estés dando cuenta de los daños que le infringirás a tu hijo en un futuro.
Teniendo en cuenta que ser padres es una labor difícil, sin dudas. En muchas ocasiones, con el anhelo de disciplinar a nuestros hijos olvidamos conectarnos con sus emociones y simpatizar con ellos. Los pequeños son adultos en potencia y precisan ser respetados y escuchados. Nuestro modo de actuar, bueno o malo, repercutirá para siempre en sus vidas y es por este motivo que es fundamental seleccionar de manera cuidadosa las palabras con las que afirmaremos hechos y las acciones que emprenderemos. Eres madre o padre, tienes autoridad sobre tus hijos. Ten cuidado con tus actos y palabras.

Lo esencial es tomar en cuenta estos fallos y arreglarlos para curar nuestra relación con nuestros hijos antes de que sea demasiado tarde.

1- Le chillas por cualquier cosa
Es muy normal que levantemos la voz cuando las travesuras de los hijos nos llevan al límite de nuestra paciencia. Mas hablar chillando no es algo bueno. Cuando gritas, estás enseñando a vocear, y si tu hijo está gritando y le dices: "no grites" das un doble mensaje. No levantes la voz, mejora tu razonamiento.

2- Lo criticas y caricaturizas (lo ridiculizas)

Las críticas destructivas pueden ser un arma mortal para nuestros hijos. Los pequeños esperan de sus padres el reconocimiento, la aprobación y el estímulo. Cuando critiques a tu hijo hazlo de forma edificante y no destructiva. Jamás le afirmes "no sabes hacerlo, déjame a mí", sino más bien "sé que puedes hacerlo mejor, inténtalo otra vez"; de esta manera estarás depositando tu confianza en él y esto resultará en una enorme autoestima sin caer en lo egocéntrico. Por otro lado, jamás lo ridiculices públicamente ni te burles de él. Los pequeños son muy susceptibles a las mofas, están formando su personalidad. Nunca afirmes nada que lo incomode, vas a perder su confianza.

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3- No lo escuchas

En estos tiempos donde parecería ser que jamás tenemos tiempo para nada es muy normal que les digamos a nuestros hijos "ahora no, estoy ocupado/a". No obstante, uno de los puntos claves para una buena relación con tu hijo ha de ser la buena comunicación. Escúchalo. Escucha hasta sus cosas más mínimas. Escúchalo desde pequeñitos, aunque trate de contarte cosas que muchos malinterpretan como tontas. Si acostumbras a escucharlo, de grande, precisará de un oído adulto para solucionar algún inconveniente. 

4- No enseñarles a ser ellos mismos, un arma de doble filo
Podrías creer que la presión de grupo es lo que hace que los pequeños fumen cigarros, empleen drogas y lean revistas porno cuando llegan a la escuela secundaria, como nos dicen en incontables anuncios de servicio público y campañas de concientización. Debemos educar a nuestros hijos a ser ellos mismos y aprender a tomar lo bueno y desechar lo malo que le digan sus "amigos".
Pero en la realidad... ¿Recuerdas de ese pequeño pestilente en la escuela, que jamás se lavó el pelo, no tenía amigos y que una vez se enfureció en el patio de la escuela porque no fue invitado a una celebración? Ese es tu hijo, sin presión de grupo. 

Una investigación llevada a cabo en la Universidad de Virginia probó que los niños que estuvieron expuestos a la presión de grupo entre las edades de doce y trece años resultaron estar considerablemente más ajustados que los que no lo estaban. Ellos Comprendieron mejor la necesidad de acomodarse y hacer compromisos cuando se encaran a la presión social, en vez de la actitud de "me voy a llevar la pelota"...

Los pequeños a quienes se les enseñó a ser ellos mismos no importaba si transformaban en clones andantes de James Dean. En verdad, resultaron menos comprometidos, con inconvenientes sociales y estadísticamente menos inteligentes. 

Quizá lo más esencial es que en el momento en que te importa un bledo de qué manera te ve la gente, desarrolla una habilidad para leer los cambios más sutiles en los estados sensibles de las personas, lo que lleva por último a un sentido mayor de empatía.

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