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Los Doctores Le Dijeron Que Debía Dejar Morir A Uno De Sus Trillizos, Pero Mira Lo Que Ella Respondió

Historia original escrita por : Isaias Arvizu
Edición: Hermes Alberto Carvajal




...Estábamos muriéndonos de frío, cuando entró el judicial con ''ojos de colores''  preguntando por el Charly,  y arrastrándolo se lo llevó para  cumplir su amenaza. Le puso su respectiva calentada (golpiza), con ayuda de los demás judiciales. Después lo remojó con agua fría, con todo y ropa  para después encerrarlo, a él solo en otra celda, un poco separada de las de nosotros.

—  Esto es para que ya no “te me quedes viendo” ,y para que se te quite lo chistosito.

Mientras las horas pasaban,  escuchábamos al ''Charly'' contando, “uno, dos, tres”. Mientras hacía ejercicio para quitarse el frío.

El día 25 de diciembre por la tarde, se presentó mi “apá” (padre) con unas cobijas, unos tacos de carne con verduras, que mi madre se había esmerado en cocinar para nosotros; y otros tacos de frijoles, que por cierto, los judiciales nos “ganaron” con los de carne, y solo nos hicieron llegar los de frijoles (eso lo supimos hasta después que salimos).

Aún recuerdo cuando al salir de la celda mi “apá” solo me dirigió tres palabras... ''TE LO DIJE''. Fue ahí donde comprendí lo que él ya antes me había advertido: “Te pueden confundir con los malos, aunque tú no seas como ellos”.

El 26  de diciembre, se hizo un careo con el ''Tony'' el joven asaltado y con todos los que habíamos sido detenidos, pero él sólo pudo “reconocer” a dos de ellos, al ''Pitufo'' y al ''Charly''.... Pobre Charly. Él estaba conmigo al momento del asalto y,   aunque se defendió como gato boca arriba,   y yo traté de ser testigo fiel de que él había estado junto a nosotros esa madrugada del 25; los policías nos ignoraron vilmente y  como sus malos antecedentes ya eran muy conocidos por las autoridades, la confusión y acusación del Tony lo hundió. El pobre Charly junto con el “Pitufo” fueron a  más tiempo en la penitenciaría. A los demás, nos dejaron libres, incluso, a los otros dos que si eran culpables: ''el Pato'' y ''el Rulys''.

Cuando salimos, me entregaron mis pertenencias y me di cuenta que me volaron una cadenita y lo poco que traía de dinero...

Después de este suceso, mi hermano “el Isakoyo’’ , decidió  ir a la iglesia con mi jefito, que ya iniciaba un cambio de vida y  hasta la fecha mi hermano Isaac, (Isakoyo), se ha mantenido firme, es un hombre de bien, técnico en impresoras y computadoras.

A veces, cuando regresaba de fiestas en la madrugada, escuchaba a mi padre orando a DIOS, que lo perdonara y que le quitara de los vicios. Sin embargo, él seguía tomando, de hecho, las oraciones las hacía en estado de ebriedad. Pero por fin un día, DIOS LO ESCUCHÓ sin importar que tan ebrio estuviera. Yo creo que Dios miró dentro de su corazón.

Un día al regresar a casa,  me encuentro con mi apá -peinadito de librito relamido- bien guapetón. Esto se me hizo demasiado raro porque en ese tiempo, él andaba siempre  lleno de grasa, aceite y diesel de la maquinaria; pero lo más asombroso era que estaba bueno y sano. Después de ocho largos años que lo había visto tomando alcohol todos los días, me dijo: “¿Sabes que m'hijo? Ya no voy a tomar, hoy empiezo a cambiar porque Cristo me cambio”.

“Pues veremos que tanto le dura”, le contesté y  me fui. Porque creerle a un borracho que va a cambiar, como que  no es fácil ¿o sí?  Ya nos lo había prometido antes, pero hoy era diferente porque esta no era la promesa de un ebrio.

Una tarde, para mi normal como cualquier otra, decidí pasar el rato con “Los Comandos”, así se llamaba mi pandilla. Y ahí estaba   ''el Lupillo'' y también ''el Rubén'', quienes ya estaban “pistiando”. O sea, emborrachándose y yo en medio de ellos siguiendoles el rollo. Traíamos unas cantadas, y yo sin darme cuenta que  mi madrecita me estaba mirando por la ventana (sabrá Dios desde cuando me estaba observando); pero cuando la vi me dio mucha vergüenza. ¿Creería ella  que yo también estaba tomando? Me hizo una seña pidiéndome que entrara a la casa. Cuando estuve frente a ella, se me quedó mirando con un aire de resignación y   me dijo:

— Mira. . . m'hijo,  tengo rato viéndote ahí,  junto a tus amigos; y me doy cuenta que has cumplido tu promesa. Pero... sé que estás joven y quieres divertirte… Hijito, me siento egoísta contigo (sus ojos se llenaron de lágrimas), te doy mi permiso para que tomes; pero nomas un poquito…Después de hacer una pausa, como si las palabras le doliesen en su boca, continuó… Tan solo un poquito,  si así lo deseas, pero nomás no te envicies.

 Pobrecita mi madre, me dio tanta ternura escucharla.

— Muchas gracias, pero creo que la mejor manera para no enviciarme será mantenerme siempre libre de eso. No, madre, yo te lo prometí un día y eso nunca se me va a olvidar.

Ella suspiro profundo, como que si se le hubiese quitado un gran peso de encima.

La verdad es que, trate de  tomar unos tragos de vez en cuando en alguna reunión, pero me los tomé con asco y me supieron malísimo; peor que una medicina. Todo lo que contiene alcohol, me provoca asco y el humo del cigarro tan solo con olerlo me duele la cabeza.

Mi padre jamás volvió a tomar, ni regresó a ninguno de sus vicios. Vivió una vida limpia y entregada a Cristo. Quince años después de su promesa, y hasta el día de su muerte; siendo el mejor padre de todos. Claro que con sus errores y defectos, pero yo avalo con todo mi corazón que fueron muchas más las virtudes de mi padre, trabajador, responsable, amoroso y pendiente de todo lo que era necesario en casa. Devolvió con creces a mi madre cada momento que la hizo sufrir, dándole hasta lo que no podía, en cuanto a material, atención y cariño se refiere. Nunca más le volvió a fallar a mi madre.

Mi mamá había sido una mujer cristiana desde muy joven, y nos llevaba a la iglesia desde que éramos unos niños. Siempre se preocupó porque - aunque sea-  oyésemos algo acerca de Dios. Muchas veces la escuche orar por sus hijos.

Pero pasó el tiempo y los días de mis jefecitos llegaron a su fin. A  mi madrecita le detectaron cáncer en el hígado; y casi al mismo tiempo, en un trágico día, un automovilista atropelló a mi padre. Después de esto, ya no pudo caminar. Cinco meses después quedó ciego. Mi madrecita falleció a causa del cáncer y exactamente un año después de su muerte,  mi padre la siguió. Y con respecto a tu servidor, continúe con mi vida y… sí, como todos los seres humanos cometí muchos errores, pero dentro de mí a cada minuto siguen resonando aquellas palabras de mi madre, en aquella gloriosa madrugada cuando bajo la luz de la luna quedó sellado mi destino.

Yo no sé qué tanto creas en Dios, pero estoy seguro, que hasta el día de hoy no puedo tomar nada de alcohol; ni nada de tabaco o drogas gracias a aquella  oración que mi madrecita hizo por mí cuando yo era aún un niño.

Yo sé que  todas las madrecitas tienen y sienten un amor muy especial y un deseo de proteger a sus hijos. Así que, si eres madre, no te cuesta nada el ofrendar cinco minutos a Dios por tu hijo para orar por él o por ellos. Tomarlos con tus manos, abrazarlos fuertemente, recostarlos en tu pecho; y que por cinco minutos puedan sentir el amor de su madre y, así, en ese momento sublime, habla con Dios y dile que entregas a tus hijos en sus manos; y ora por ellos para que sus sueños infantiles se cumplan. Y que, como me  pasó a mí, sus inocentes deseos se hagan realidad; y cuando vayan creciendo, jamás se aparten del buen camino en que tú, los has instruido.

Tal vez a ellos les pase como a mí: que ni tan siquiera puedo soportar el olor de esas sustancias que pueden esclavizar mi vida. Y tal vez mi madre hizo la misma oración por mis dos hermanas, y mis cuatro hermanos. Ninguno de nosotros cayó jamás en las garras de ningún vicio.

Como resultado de la oración de una madre, el haber puesto un manto de protección sobre el cien por ciento de tus hijos. Es una buena estadística, ¿no lo creen?

Abraza a tus pequeños hoy -y aunque no estén tan pequeños- y haz esta oración con ellos:

Señor Jesús, que en realidad este deseo esté en el corazón de mi hijo, concédeselo, amén.


Y en el libro de la vida quedarán escritos, cada segundo, cada palabra; y el futuro de tus hijos será de bien y no de mal; y tu estarás muy feliz de haber ofrendado a Dios. Cinco minutos por tu hijo.

FIN



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