Cuando este hombre se vió forzado a ir al hospital al recibir la mordida de un tiburón, los doctores vieron algo más que no se esperaban.


EL es...es tu amigo (y me dijo su nombre). 

Y me continuo diciendo: Y lo hice porque me di por vencida; perdí la fe. Me creí una mala esposa, una mujer sucia y fea, gorda, indigna. Tu amigo un día me lo encontré, me levantó el ánimo y pues pasó lo que pasó. Pero ya no lo veré más porque yo quiero…”. No la deje hablar más. Sólo se me saltaron las lágrimas, y le grite: Maldita desgraciada, maldita desgraciada, y otra palabras que no quiero mencionar.  Me salí del auto, empecé a alejarme, pero algo, o alguien dentro de mí me dijo: “Mata a la desgraciada, mátala. No merece la vida, mátala. Mira lo que te hizo, mátala”. Me di la vuelta, saqué la pistola y le descargué 5 balas. Toda la carga.




Después de eso, ya no recuerdo. Volví en mí cuando estaba esposado en la parte trasera de un vehículo de la policía. Lo demás, ya lo sabes (me seguía contando): mis hijos me odian, me han mandado a decir que ya no existo para ellos… Maldita tragedia y todo por no haber valorado la bendición de mujer que Dios me había dado…

Preferí mi egoísmo, mis vicios, mis amigos y me dejé llevar por quién sabe cuál ente infernal. Pero yo fui quien accionó el gatillo. No culpo ni a Dios, ni al diablo; yo la maté. Estoy sufriendo las consecuencias.

Y… sí, creo que estos años en la prisión me han servido: he encontrado a Dios, me he arrepentido y si me das la oportunidad de enviar un mensaje a la gente que está afuera, ¡ojalá, lo escuchen! Aunque sea unos poquitos. Y mi mensaje es: Hombres, dejen las costumbres machistas y valoren a sus mujeres, valoren a sus hijos, valoren sus propias vidas, busquen a Dios. No es un infierno la cárcel, ¡NO! El verdadero infierno es sentir el rechazo de aquellos que un día amaste con toda tu alma y saber que tú mismo causaste que te rechazaran. Eso es el infierno mismo. El saber que destrocé el corazón de mis hijos y le arrebaté la vida a quien, yo,  SÍ, AMABA. Es un dolor tan grande, que ni mi fe en Dios me lo puede quitar, porque el daño… ya está hecho.

Sólo espero que mis hijos y los que escuchen mi mensaje tengan la oportunidad de recapacitar y convertirse en verdaderos hombres. En vez de tirarse a la droga, la bebida, el vicio y los falsos amigos; mejor se entreguen a Dios y a sus familias.

Créanle a un preso que está pagando cadena perpetua y consecuencias eternas. Ahora creo en Dios y creo en la Biblia. Pero… si veré el rostro de Dios algún día, no lo sé. Pero aunque sea, le pido a Él, que si no soy digno de entrar en su presencia, cuando menos me permita en su reino ― aunque sea― ver de lejos el rostro de mi princesa… “mi princesa”.

FIN

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