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El pan blanco que comes a diario te está matando lentamente. Lee aquí el porqué

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Primero dirigiéndome a mi madre, a mi hermana y a los familiares de Rafa que me alcanzaban a escuchar: Denme un minuto en silencio. Ayúdenme a orar, realmente no sé qué hacer…

―¿Seguimos, amor? – insistió Rafa – ¿seguimos?, lo aclaramos al rato. No vamos a parar por esa mocosa.

Me llene de ira. En el fondo yo sabía que era verdad lo de esa chica y lo de ese supuesto embarazo. Yo en el fondo de mi corazón estaba segura de que era verdad. Ya lo sospechaba y, aunque no tenía pruebas, ni rumores, ni chismes, nada; yo sospechaba que algo andaba mal. Sentía algo dentro de mí en los meses previos a la boda. Pero por tonta no me atreví a preguntar o a investigar qué había más allá, detrás de esas veces que Rafa se me desaparecía, o no me contestaba el teléfono, o no tenía deseos de estar conmigo. Por otro lado, a él se le iban los ojos con las jovencitas (yo tengo 32). Me hacía bromas que le encantaban las chiquillas de 16 para arriba. ¿No sé por qué yo toleraba eso? Yo le diría a cualquier mujer que no tolere esas estupideces de sus novios o maridos.

Me dio mucho coraje por su manera de hablar y por haberle llamado “mocosa” a la chica. ¿Se fijan? No se refirió a la señora que interrumpió la boda, se refirió directamente a la chica y la llamó “mocosa”, en otras palabras: tonta, inexperta, idiota, inmadura, fácil de engañar… Me sentí mal por la chica, por las ilusiones  que, como yo, ella se habría hecho… Me sentía desilusionada, lastimada, pero me llené de ira y de valor y…


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