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Esta mujer, en la mitad de sus veinte, se menospreciaba constantemente, por no tener un cuerpo ideal, por querer comer comida chatarra todo el día y no poder controlarlo, y por las molestias que su peso le causaba para su conciencia, personalidad y para sus nulas capacidades; como el caminar y cansarse, trabajar y poder sentirse productiva. 

Michelle Prado, se llamaba a sí misma: “La mujer chatarra”. Su gran peso y acumulación de grasa corporal, le bajaban el ánimo y confiesa que no conseguía a parejas que la quisieran por lo que era.

Ella es gerente de una empresa de camiones, y sufrió una terrible depresión, gracias al no poder alcanzar rebajar ni un kilogramo de su peso. 

Se sometió a varios tratamientos rigurosos, que hacían de ella una peor persona. Tenía problemas estomacales y fue diagnosticada por sufrir un cuadro de ansiedad severo. Por eso, consumía comidas sin ningún tipo de vitaminas ni proteínas, que la engordaban y la hacían más débil.

Pero gracias a las consultas a las cuales recurrió, Michelle tomó fuerzas después de tantas lágrimas derramadas por verse de esa manera, y acudió a un gimnasio, donde entrenadores personales, ejercicios cardiovasculares, la famosa gastrectomía vertical y una inversión en dietas sanas, fue lo que ayudó a que esta dama perdiera casi 80 kilos de su peso, y ahora, sea una mujer feliz y dispuesta a triunfar en el mundo.

Pero fue el amor, lo que la animó a seguir con el tratamiento. Sean, su actual esposo, quien le propuso matrimonio en Francia, comenta que comenzó a salir con ella cuando Michelle aún era una persona con obesidad. Pero viendo su continua depresión y menosprecio a su personalidad, la ayudó y apoyó en el camino de la pérdida de peso.

Michelle se sometió también a un tratamiento que se llama: “Abdominoplastía”. Ella enfatiza la presencia de Sean en todo el trayecto de esta cirugía que se encarga de la eliminación de la piel, que al rebajar, quedó sobrante en su anatomía.

Para el portal Mirror, ella expresó:

“He tenido sobrepeso desde que era una niña. Recuerdo tener seis años y correr con entusiasmo de la escuela a la casa para poder atacar la despensa de la cocina. Me enamoré de la comida y disfrutaba comiendo hamburguesas y papas fritas al menos tres veces al día. Nunca podía ordenar un solo sándwich, siempre tenía que ser dos o tres, con hartas papas fritas y gaseosa”.

 

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