Se trató de un vuelo programado el 28 de abril de 1988 entre el Aeropuerto de Hilo y el Aeropuerto Internacional de Honolulú. Llevaba 95 personas a bordo (5 miembros de la tripulación y 90 pasajeros).

El capitán Robert Schornsteimer estaba al mando, junto a la co-piloto Madeleine Tompkins, una de las pocas mujeres pilotos estadounidenses con licencia para pilotar aviones comerciales.

Algunas de las personas que estuvieron en este vuelo, jamás han vuelto a volar en avión. Él estaba más atrás, pero, aun así, el estallido a más de 200 millas por hora en la cabina obligó a los pasajeros a cerrar los ojos y rezar durante 13 minutos. Estos quedaron expuestos a la cizalladura de vientos y a temperaturas de -20ºC. Además, la comunicación entre ellos era imposible, debido a los fuertes vientos.

El avión, un Boeing 737-200, operado por Aloha Airlines, a los 20 minutos después de despegar sufrió una descompresión explosiva, la cual provocó que todo se desprendiera a 24000 pies de altura (7.200 m).

Por extraño que parezca, solo la jefa de cabina, Clarabelle Lansing, murió. Ella no tenía puesto el cinturón de seguridad, por lo que salió disparada del avión.

El avión perdió su fuselaje, pero siguió funcionando. Todo salió volando: las puertas, ventanas, el techo del avión… Pero, asombrosamente, los controles parecían funcionar. Aun así, el descenso se hizo a gran velocidad, pues los mandos del avión quedaron semitrabados. 

Tras las investigaciones, se determinó que el avión sufrió una “fatiga del metal”. El avión había estado funcionando durante 20 años, por lo que esta fue las hipótesis más aceptadas de la causa del accidente. El 737 involucrado tenía un historial de vibraciones inusuales.

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