La cruda realidad es que no todos podremos entrar al reino de los cielos. 

El cielo no es el destino final de todos aquellos que mueren. A pesar de esto, una gran cantidad de personas creen que pasarán a morar eternamente junto a Dios una vez que partan de esta tierra independientemente de si le aceptaron o no. 

El optimismo de estas personas es bueno, pero la realidad es otra. Debemos recordar lo que el Señor Jesús dijo en Mateo 7:13-14 “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.” 

El infierno es nuestro destino por defecto de acuerdo a lo que nos enseña la Biblia. Sin embargo, Jesús cambió esta realidad dándonos la solución a ese problema y cambiando radicalmente nuestro destino. 

Una vez que le entregamos por completo nuestro corazón al Señor, y le pedimos que perdone todos nuestros pecados, podemos formalizar nuestra real entrada al reino de los cielos y venimos a ser llamados hijos de Dios, verdaderos cristianos. 

El ser bueno no es suficiente. 

Comúnmente se asume en nuestra sociedad que, siempre y cuando lleves una buena vida y seas una buena persona, esto será más que suficiente para ganar tu entrada al cielo; sostienen que, aunque algunas personas “malas” merecen ser castigados, la gran mayoría son buenas personas que “merecen ir al cielo”. 

Haciendo esto estamos diciendo que la entrada al cielo se gana en base a nuestros méritos, a lo que podemos hacer por nosotros mismos, y no por pura y simple gracia de Dios, contradiciendo completamente lo que dice en Efesios 2:8-9 “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” 

Solo por la inmensa gracia de Dios es que podemos ser salvos. No hay ninguna buena obra que podamos hacer que nos haga ganar la entrada al cielo (Tito 3:5), mientras que, pensar lo contrario, sugiere que el infierno es solo para algunas personas que hacen actos malvados, cuando realmente todos merecemos el infierno (Romanos 3:23). 

El pecado nos separa completamente de Dios, rompe nuestra relación con El (Isaías 59:2). Dios quiso darnos una salida al problema del pecado, y lo hizo a través de su Hijo Jesucristo. 

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” Juan 3:16. 

Jesús murió en la cruz del Calvario, pues era el único digno de pagar el precio demandado de parte del Dios tres veces santo por nuestros pecados. Pero no se quedó ahí, victorioso sobre la muerte Jesús se levantó al tercer día derrotando las consecuencias del pecado, y a la muerte misma.

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