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Oración por sanidad, salud, liberación de enfermedad




CONTINUACIÓN


Mi corazón se murió allí y explotó de ciega ira. Pero mi satánico egoísmo no me dejó ver las ofensas que yo le hice ni mis sucias infidelidades. No, como un buen macho, sólo veía lo mala, lo perdida, lo prostituta que ella era. La mujer que yo tanto había amado...

Me fui de ahí y por la tarde fui a casa de un amigo de parranda y le robé una pistola y un puñal estilo militar. Me los ceñí debajo de la chamarra, la llamé por teléfono y le dije que me urgía verla para arreglar nuestra situación.

En su respuesta percibí esperanza, alegría. Nos citamos en una pequeña estación de venta de gasolina. Cuando la vi llegar me subí a su auto. Me senté en el lado del copiloto y lo primero que le pregunté fue, ¿quién es ese hombre? ¿Por qué lo hiciste?  Y ella me contestó: “Si esto sirve para que arreglemos la situación… El  hombre, tú, ya lo conoces… es tu amigo (y me dijo su nombre). Y lo hice porque me di por vencida; perdí la fe. Me creí una mala esposa, una mujer sucia y fea, gorda, indigna. Tu amigo un día me lo encontré, me levantó el ánimo y pues pasó lo que pasó. Pero ya no lo veré más porque yo quiero…”. No la deje hablar más. Sólo se me saltaron las lágrimas, y le grite: Maldita desgraciada, maldita desgraciada, y otra palabras que no quiero mencionar.  Me salí del auto, empecé a alejarme, pero algo, o alguien dentro de mí me dijo: “Mata a la desgraciada, mátala. No merece la vida, mátala. Mira lo que te hizo, mátala”. Me di la vuelta, saqué la pistola y le descargué 5 balas. Toda la carga.

Después de eso, ya no recuerdo. Volví en mí cuando estaba esposado en la parte trasera de un vehículo de la policía. Lo demás, ya lo sabes (me seguía contando): mis hijos me odian, me han mandado a decir que ya no existo para ellos… Maldita tragedia y todo por no haber valorado la bendición de mujer que Dios me había dado…

Preferí mi egoísmo, mis vicios, mis amigos y me dejé llevar por quien sabe cuál ente infernal. Pero yo fui quien accionó el gatillo. No culpo ni a Dios, ni al diablo; yo la maté. Estoy sufriendo las consecuencias.

Y… sí, creo que estos años en la prisión me han servido: he encontrado a Dios, me he arrepentido y si me das la oportunidad de enviar un mensaje a la gente que está afuera, ¡ojalá, lo escuchen! Aunque sea unos poquitos. Y mi mensaje es: Hombres, dejen las costumbres machistas y valoren a sus mujeres, valoren a sus hijos, valoren sus propias vidas, busquen a Dios. No es un infierno la cárcel, ¡NO! El verdadero infierno es sentir el rechazo de aquellos que un día amaste con toda tu alma y saber que tú mismo causaste que te rechazaran. Eso es el infierno mismo. El saber que destrocé el corazón de mis hijos y le arrebaté la vida a quien, yo,  SÍ, AMABA. Es un dolor tan grande, que ni mi fe en Dios me lo puede quitar, porque el daño… ya está hecho.

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