Qué pasaría si mañana desaparecieran de la Tierra todos los líderes espirituales

Buscando a alguien que quisiese hablar de los errores graves y sus consecuencias, recibí esta respuesta de un hombre que estaría en prisión purgando una larga condena por haber acabado con la vida de la madre de sus hijos. Esto fue lo que él me dijo:

“… Me casé porque estaba enamorado. Tuvimos tres bellos hijos varones. Ella era joven y muy bonita, una excelente mujer. Hacia amistad con todo mundo, a todos les tendía la mano, les animaba y les levantaba. Era una mujer cristiana, amaba a Dios y a su familia.  Pero, después de 8 años de casados empecé a extrañar mi vida de parranda, de cuando era soltero. Empecé a salir los fines de semana a tomar con amigos.

Le fui infiel a mi mujer. Pase muchos fines de semana sin dormir en casa. Creo que ella fue perdiendo la paciencia, pero en vez de pelearme o reclamarme, se enfocó en el bienestar de nuestros hijos. Se empezó a alejar de mí en la intimidad. Yo le demostraba a ella “que no la necesitaba”, porque según esto, yo, “tenía mejores viejas”.

Un día estando en un centro nocturno, uno de mis dizque “amigos”, me contó que él estaba seguro de que mi mujer se metía con un hombre que él conocía, pero no se atrevió a decirme quién.

Esa noche me llené de ira y regresé a casa y la enfrenté. Mi mayor tristeza, sin embargo, es que cuando se lo pregunté ella no lo negó, pero tampoco lo reconoció, sólo se soltó llorando.

De un golpe en el rostro la senté en la cama y me fui a dormir a un hotel barato. Al siguiente día, me llené de alcohol, de drogas, que me hicieron ver brujas, demonios, y me hicieron concebir decisiones terribles.

El lunes por la mañana, pedí un auto prestado a un amigo y sin que ella se diera cuenta la seguí durante todo el trayecto, desde que salió en su auto desde la casa a dejar a los niños a la escuela hasta que la vi estacionarse afuera de un centro comercial. Vi que de otro auto bajó un hombre joven — ¡más joven que yo!— entró a su auto y… no pude ver más por lo oscuro de los cristales...

Mi corazón se murió allí y explotó de ciega ira. Pero mi satánico egoísmo no me dejó ver las ofensas que yo le hice ni mis sucias infidelidades. No, como un buen macho, sólo veía lo mala, lo perdida, lo prostituta que ella era. La mujer que yo tanto había amado...

Me fui de ahí y por la tarde fui a casa de un amigo de parranda y le robé una pistola y un puñal estilo militar. Me los ceñí debajo de la chamarra, la llamé por teléfono y le dije que me urgía verla para arreglar nuestra situación.

En su respuesta percibí esperanza, alegría. Nos citamos en una pequeña estación de venta de gasolina. Cuando la vi llegar me subí a su auto. Me senté en el lado del copiloto y lo primero que le pregunté fue, ¿quién es ese hombre? ¿Por qué lo hiciste?  Y ella me contestó: “Si esto sirve para que arreglemos la situación… El  hombre, tú, ya lo conoces…  El es

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