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Historia original escrita por : Isaias Arvizu
Edición: Hermes Alberto Carvajal



Cuando tenía como once años de edad, mi familia y yo vivíamos en una casita de cartón en la ciudad de Hermosillo, Sonora, en México. En la famosa colonia “Ley 57”; la cual por aquel entonces era una de los barrios de la periferia de la ciudad. Habitada en su mayoría por personas como nosotros: pobres en dinero, pero ricos en felicidad.

Mis padres siempre fueron muy buenos con nosotros sus hijos; muy trabajadores. Pero cuando mi jefito cumplió los cuarenta, como que se pegó una buena deschongada (caos o fiesta. Lo opuesto a la seriedad).  No sé si se sintió viejo de repente y quiso comprobar que  en realidad aún seguía siendo joven. Tal vez en realidad nunca se sabrán sus razones. 

Él nunca había ingerido bebidas embriagantes, ni había fumado; nada de eso. Pero de repente, le entró de lleno a una vida desordenada, en la cual empezó a andar con diferentes mujeres; a tomar las 24 horas del día (o sea, mientras estuviera despierto). Fumaba un cigarro tras otro, y de esos que no tenían filtro. Su nuevo estilo de vida le duró aproximadamente, 8 años.

Lo que hasta hoy no entiendo es cómo le hacía para trabajar en esas condiciones, porque, eso sí, le debo reconocer a mi viejito que jamás lo miré fallar en su trabajo; y eso que doblaba turno. Otra cosa que nunca lo vi hacer fue ver televisión, excepto, cuando se sentaba  a mirar el boxeo.

Mi padre era operador de  maquinaria pesada, por lo general, trabajaba fuera de la ciudad pavimentando calles y caminos en lugares donde tenía que estar por días durmiendo en el monte; a la intemperie, a la orilla de la carretera.

Recuerdo tristemente que, a veces,  meses después de haberse ido a trabajar, llegaba a casa a la media noche cuando dormíamos y nos mostraba su cariño a su manera: primero nos besaba, y después encendía  la radio a todo volumen y bailaba  la música que a él le gustaba. Claro que no queriendo disfrutar solo, nos despertaba para que todos bailásemos junto con él.

Todo estaba bien la primera noche que él se quedaba a “dormir”. Lo raro era que cuando se quería quedar más de dos días en casa, en la segunda noche  mi padre se levantaba gritando cosas sin sentido acerca de “la gallina negra”, y golpeaba con sus puños a la cama de fierro, hasta que se los reventaba.

¡Me daba muchísimo miedo! Me ponía mis zapatos y sin avisarle a nadie, salía en silencio y me iba caminando sin rumbo fijo por un largo rato a altas horas de la noche. A veces, llegaba a casa de mi hermana, quien ya estaba casada. Las malas lenguas decían que mi padre estaba embrujado

En nuestra humilde vivienda  teníamos un excusado de fosa en la parte trasera,  fuera de la casa, en una de las esquinas del terreno para que estuviera retirado de la chocita.

Recuerdo muy bien aquella oscura  madrugada. Presurosamente me dirigía a ese excusado; cuando de repente, miré a mi madrecita entre las sombras que intentaban opacar la clara y brillante luz de la luna bajo un árbol de limón. Su cuerpo se recargaba, como sin fuerzas en el lugar donde solía lavar la ropa, pero su silueta parecía clamar al viento como si fuera un alma en pena. Estas no eran horas de lavar las travesuras de sus hijos. Mis ojos no alcanzaban a percibir sus lágrimas, pero mi corazón me lo decía: Mi madre estaba llorando. Me acerqué, la  abracé y le pregunté:

— ¿Por qué llora?

Me  contestó que le dolía su cabeza.

— ¿Está llorando por mi “apá”, verdad?

Se quedó un rato callada,  me abrazó, me dijo:

— Tu padre es muy bueno “m'hijo”, nomás que cuando toma, ya ves, es otra persona…

— Sí, ya sé, le dije. Lo malo es que  “cuando toma”, y eso es “TODOS LOS DÍAS”, desde hace  algunos años que no lo miro bueno y sano.

Yo ya la había visto llorar muchas veces, pero este no era un llanto como los anteriores. Este era un llanto de lucha, de cansancio, de agonía; un llanto de perseverancia que peleaba en la madrugada contra el destino que quería arrebatarle el futuro de su familia, de sus hijos. Yo era un niño, y aún no entiendo cómo pude comprenderlo; y recargado en el hombro de mi madrecita, mis ojos se posaron fijos en la luna. Dentro de mi pecho, un sentimiento profundo me inspiró a hacerle una promesa…

-¿Sabe qué “amá”? A MÍ NUNCA ME VAS A MIRAR BORRACHO, TE LO PROMETO.

- ¿De verdad, tienes ese deseo?

- Sí, me duele mucho mirarla llorando.

Aún lo recuerdo bien, como si hubiera sucedido ayer. Al escuchar mi inocente, pero poderosa promesa, ella puso una mano sobre mi cabeza; su otra mano en mi hombro y con dulzura me acercó hacia ella  e hizo que me recostara en su regazo. El silencio de la madrugada se estremeció con esta oración que salió espontáneamente de sus labios, y ...


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