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"Garaje 66" El Hombre Misterio Que Fue Encontrado Luego De 16 Años Desaparecido

Historia original escrita por : Isaias Arvizu
Edición: Hermes Alberto Carvajal





... El silencio de la madrugada se estremeció con esta oración que salió espontáneamente de sus labios, y que estoy seguro  fue inmediatamente escuchada ante el altar del cielo.

— SEÑOR JESÚS, SI EN REALIDAD ESTE DESEO ESTÁ EN EL CORAZÓN DE MI HIJO, CONCÉDESELO… AMÉN.

Por cinco minutos estuve ahí, sintiendo el calor de su cuerpo y en mi rostro la maravilla de su aliento; mientras ella, en murmullos -supongo yo- hablaba directamente con el Dios del cielo. Cinco bellos minutos, cinco minutos tiernos: mi vida entera fue transformada por esos cinco minutos que me parecieron, y hubiera deseado yo, que fueran cinco minutos eternos.

Pero el tiempo siguió su paso. Yo tenía 18 años y  pasaba casi todo mi tiempo con la pandilla del barrio. Usábamos un cuartito en un terreno abandonado, al cual llamábamos ''la oficina'' porque nos servía como punto de reunión para platicar. Otros lo usaban como escondite para drogarse, e incluso, otros  para repartirse los botines que  habían hurtado.

Anduve junto a ellos - y a veces solo- en lugares muy peligrosos. Entre drogadictos y ladrones armados que consumían todo tipo de estupefacientes, desde las drogas más conocidas, hasta otras  que pocos se podrían imaginar. Recuerdo que uno de ellos, a quien apodaban el ''Lepe'', movido por la urgencia de usar cualquier sustancia que mitigara su vicio, inhalaba el olor de la gasolina, y el olor del pegamento utilizado para reparar llantas de  bicicleta.

Pero yo siempre luché por mantenerme limpio de todas esas cosas. Aunque nunca faltaba quien me ofreciese, y hasta me tiraban bronca, cuando yo me negaba a aceptar su ofrecimiento por ingresar al mundo del vicio.  Ellos molestos me decían que los despreciaba, que yo era un cobarde; pero con insultos y  palabras grotescas, buscando doblegar mi voluntad. Sin embargo, casi todos ya sabían que mi respuesta siempre era un rotundo: ¡NO! Así que, muchos desistían y nunca más me ofrecían de nuevo, ni alcohol, ni drogas.

Siempre mi padre entre sus borracheras me decía: “… no te juntes con ellos hijo, porque tú eres buen muchacho y la gente te va a confundir con ellos…”.

“No se preocupe “apá”,  le contestaba, yo sé lo que hago, todos saben que yo no me meto en problemas”. 

Porque cuando se hacían las “clikas” (pandillas, gangas, maras) para irse a ''enjaular''. Es decir, para ir a robar alguna casa o alguna tienda, yo  me quedaba solo en la “oficina”. Pero a veces, cuando rondábamos por las calles, en grupos de hasta ochenta chicos, sentía yo lastima por aquellas personas a quienes mis compañeros asaltaban y robaban. Pero tampoco podía yo defenderlos ni hacerle al héroe, y aunque lo intenté; los que se decían mis amigos; quienes casi siempre andaban drogados,  se me echaban encima

Una noche en la víspera de Navidad, después de pasar un tiempo con mi novia, caminé rumbo a mi casa; la cual no estaba muy lejos de donde ella vivía. En el camino me encontré inesperadamente con el  ''Charly'',  quien me  preguntó para dónde me dirigía. Le dije que quería pasar la noche en casa, afuera, en la banqueta; junto a mi hermanito “Isakoyo”; y que estaríamos juntos por si algo llegara a pasar. La Navidad pasada había venido la Cruz Roja cuatro veces a la calle donde vivíamos, por tantos heridos en pleitos,  y él estuvo de acuerdo. Así que hicimos una fogata. 

Ya eran como las 2:00 am. del 25 de diciembre, cuando salió mi “apá” bien “happy” (en inglés significa contento), borracho, en otras palabras;  a darnos el abrazo navideño para después de intercambiar risas y saludos con mis amigos, volver adentro de la casa a continuar con su parranda. De repente, todos los chicos de mi pandilla -decenas de ellos corriendo y gritando- llegaron a donde estábamos sentados, y agitados nos contaron que unas calles atrás se habían encontrado con un miembro de la pandilla rival, los de la calle "12 de octubre", con  un tal “Tony”,  dándole una tremenda golpiza; dejándolo sin dinero y sin ropa, en una noche fría, tirado en el suelo cubierto sólo por sus “chonis”.

Todos ellos aún festejando y riendo por lo que habían hecho. Fuimos rodeados en un abrir y cerrar de ojos por  cuatro camionetas de la Policía Judicial del Estado. Muchos corrieron y escaparon, mi hermano y yo no corrimos porque en realidad nosotros no habíamos hecho nada malo; pero eso solamente nosotros lo sabíamos. Los judiciales  nos gritaron que apoyáramos nuestras manos, levantadas en alto, contra sus camionetas.  Cuando uno de los judiciales vino hacia mí y empezó a buscar armas o drogas entre mis ropas. Traté de hablar con él y de explicarle que mi hermano y yo estábamos ahí pasando el tiempo sentados solamente, no teníamos culpa de nada.

Traté de voltear mi cabeza para mirarlo, pero él me empujó contra la camioneta y me golpeó en la nuca con la culata de su arma.

- ¡Cállate el hocico! – Me gritó.

<<Así por las buenas, sí>>, pensé y decidí mejor guardar silencio.
En ese momento mi padre, ebrio, salió a abogar por nosotros, ¡a defendernos! Siendo advertido por los policías a no meterse en el asunto o de lo contrario, por borracho, él también sería arrestado.


Dentro de una de las camionetas, en silencio nos miraba el joven a quien mis amigos habían golpeado. Cuando ya la mayoría de nosotros estábamos quietos y sin ofrecer resistencia a la Policía, uno de ellos se dirigió al asaltado y le preguntó:

- ¿Estos son los que te asaltaron?

- Esto son, contestó el Tony.

Cuando en realidad sólo había podido reconocer a algunos de los asaltantes. Y gracias al testimonio del Tony, pos... ahí vamos pa’ rriba y directo a la celda de detención. Los culpables: “el Pitufo”, “el Pato”, “el Ruly”. Y los no culpables: ''el Charly'', mi carnalito (hermanito) “Isakoyo’’ y su humilde  e inocente servidor, Isaías. Mejor conocido como “el Chay”. (Esta fue la última vez que mi hermanito se juntó con la pandilla.)


La camioneta en la cual nos llevaban esposados, aceleraba y brincaba de arriba abajo en las calles llenas de piedras y baches, con rumbo a la comandancia de la Policía Judicial en Hermosillo.  En uno de esos saltos, pude ver como “el Pitufo” escondía una navaja “007” debajo del asiento, y a la vez guiñandome el ojo en gesto de complicidad.

Uno de los policías volteó hacia nosotros para vigilar que seguíamos esposados y quietos. El Charly se le quedó mirando.

— ¿Qué me ves, morro? Preguntó el judicial.

Pero el Charly, a quien le gustaba hacerse el valiente y  que la jugaba de fiera, le contestó con burla:

-—  Es que,  tienes ojos de colores. – ¡Y era verdad! El judicial tenía un ojo de color café y el otro verde.  A esa edad, y en nuestra pandilla nos burlabamos de cualquier cosa. Hacíamos chiste de todo lo que nos parecía gracioso. Todos nos reímos con esta ocurrencia del Charly, pero al judicial, el comentario no le pareció gracioso. ¡Se enojó mucho!

-— Ahorita que lleguemos a la comandancia, te voy a dar una calentadita (golpiza), le dijo el judicial,  a lo que el Charly contesta:

— ¡Qué bueno! porque traigo mucho frio… Todos en la camioneta soltaron una gran carcajada. Todos estábamos riendo, hasta los otros judiciales, se carcajeaban. El ambiente se puso muy tenso, y el policía, aún más  y más furioso.


Llegamos a los separos policiacos, nos dieron un sobrecito para poner nuestras pobres pertenecías, cuando de pronto, entra un judicial con la navaja del ''Pitufo'' en la mano gritando: “¿De quién es esta navaja?... Nadie respondió…  Se me echó  encima y me pegó ''un zape'' (golpe en la cabeza).

— ¿De quién es? Volvió a preguntar.

-— No sé, le contesté, se fue sobre mi carnalito. La misma operación con todos los compañeros, y ''el clásico zape'' sin falta.

Callamos, nadie confesó aunque todos sabíamos a quién pertenecía.
Nos metieron a tres en una celda, tres en la otra enseguidita. Estábamos muriéndonos de frío, cuando entró el judicial con ''ojos de colores''  preguntando por el Charly,  y ...




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