Su lucha era muy grande Un día se apareció una joven en mi puerta. Me preguntó si yo era mamá de Antonio, le dije que sí, y me dijo que le urgía hablar conmigo. Dentro de mí pensé sinceramente -hasta me brincó el corazón-, que esta seria alguna novia o algo así ¡Ya embarazó a esta muchacha! - pensé- en el fondo me dio gusto, en vez de preocupación. Pero la muchacha se sentó en la sala y me platicó como conoció a mi hijo. Eran amigos desde hacia unos meses. Ella se sentía atraída hacia él; era su mejor amigo. Pero ella estaba muy preocupada. Tenía temor que Antonio se hiciera daño a sí mismo, continuamente hablaba de suicidio, de irse lejos. No podía creer lo que oía, ese no era mi hijo, no el que yo conocía. La muchacha me dijo que ella se atrevió a venir, porque realmente le importaba Antonio, ella no era la típica chica superficial americana que no le importa nada; esta muchacha tenía corazón, decía amar a Cristo. Antonio fue con ella a la iglesia, pero según ella, la lucha era muy grande… no podía vivir consigo mismo. Cosas de su niñez lo habían dejado marcado para siempre. Le dije que no entendía lo que me decía y a ella se le llenaron los ojos de lágrimas, y me pidió perdón porque estaba apunto de decirme algo que me dolería mucho, pero era necesario, porque Antonio necesitaba de mí y de la familia que lo conocía bien y lo amaba.
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