No sé si alguna mujer que no
haya tenido padre está leyendo esto, quizá te sientas identificada conmigo. ¡Vale!, yo me
sentía como una reina. Parecía que yo era la soberana de la casa y no mi madre.
Mi corazón estaba por las nubes. Yo les contaba a todos en la escuela acerca de
mi papá, y por cierto, que inventaba historias, de cómo mi padre tan guapo y
tan risueño había regresado de la guerra tan solo porque me extrañaba; y quería
verme porque yo era su princesita. Ni siquiera había guerra en ese país donde
vivía. Eran cuentos míos, pero sobre todo, las niñas se mostraban embelezadas
con mis historias de cómo mi padre me amaba.
Una mañana mi madre entró a
bañarse para después de eso llevarme a la escuela e irse a su trabajo. Pero
estaba tardando mucho dentro del baño. El Fede le tocó la puerta y como ella no
contestó, él tiró la puerta de una patada: mi madre estaba desmayada, llena de
vomito, en la regadera…
Recuerdo que llamaron a una
ambulancia, y se la llevaron a un hospital. Parecía que había sufrido un
envenenamiento accidental con una medicina naturista que le habían regalado
(tuvo una reacción alérgica a un ingrediente). Desde entonces, ni ella ni yo,
tomamos nada que no sea recetado por un médico de verdad, y menos esas cosas
naturistas que venden en los mercados de la calle: suplementos, yerbas y esas
cosas).
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