Fede -como le dicen- era un joven muy
simpático, y a mí de niña me parecía muy bueno. Cuando me enteré de que él iba a ocupar el papel de “mi papá”, pues… aún recuerdo
que me puse muy contenta.
Yo era muy imaginativa y soñaba
con cosas que hacen los papás y las hijas: salir al parque, que él me pasearía en un columpio, que me cargaba y me compraba una nieve y cosas como esas. Yo
creo que estaba yo tan entusiasmada con él, como lo estaba mi madre; quien
adoraba a Fede. Siempre se la pasaban abrazándose, besándose, acariciándose, y
a veces… eran demasiado atrevidos para hacerlo delante de una niña. ¡Ay, cuántas
cosas miré y escuché! Pero en mi mente de niña, en realidad, no había malicia.
En aquel tiempo, no me importaba oír lo que mis “padres” (o sea, Fede, mi
padrastro y mi madre) hacían en la sala de la casa o en la recamara. Lo que yo entendía
era que ellos se querían mucho, y yo me sentía muy feliz de tener un papá.
Él era muy cariñoso conmigo: me abrazaba, me
contaba cuentos, me llevaba a mi sola a comer a la calle (cuando mi madre trabajaba hasta tarde), me recogía en la escuela. Cuando cumplí los 7
años, él se presentaba en las asambleas de padres y maestros; y se presentaba
como mi padre, aunque yo no llevaba su apellido.
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