El Narcotráfico quiso matarme
Dios mio, perdoname...
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Solo sentía la vibración y los saltos de la camioneta. El hombre de mi izquierda parecía que clavaba su arma en mi espalda. Empezaron a gritar. Luego se oyó un balazo. Sentí que aceleraron la camioneta, y hasta sentí que golpearon un objeto con ella. Ya en ese momento todo parecía un sueño, o una pesadilla. De esas cuando quieres gritar y no puedes. En mi mente solo decía: ¿DIOS, POR QUÉ ME ALEJÉ DE TI?

La camioneta paró bruscamente, como en seco. Las ráfagas de ametralladora de repente se hicieron como un millón de ellas disparando al mismo tiempo. Parecía que me disparaban en los oídos. Los hombres gritaban tan fuerte que podía escuchar sus groserías. Uno de ellos gritó algo que me hizo presentir lo que pasaba:

 ¡@#$$%^&&, los Guachos! (Con todo respeto, es así como de manera despectiva llaman a los miembros del ejército

 mexicano, “Los Guachos”...)

Las horribles detonaciones se hicieron aun más y más fuertes y repetidas. Podía distinguir las balas que golpeaban el metal de la camioneta. El hombre de mi izquierda abrió la puerta y aparentemente salió de ella. Yo empecé a sentir que algo caliente corría por mi cabeza, me humedeció la cinta y la tela que me cubría, sentí la textura y el sabor de ese liquido caliente en mi lengua: sangre.

Una horrible punzada caliente en mi costado me dejó sin aire, y luego, otra arriba de mi oído derecho. Dentro de mí 



empecé a cantar, primero en silencio, y luego, cantaba según la cinta me dejaba mover los labios: ― … Una mirada de fe, una mirada de fe… ♪.

Los golpes de las balas en la camioneta hacían que esta se estremeciera, el líquido o materia caliente que sentía en mi cabeza parecía que me quemaba.

Sin aire, y casi por instinto, me impulsé con mis piernas hacia la izquierda, y luego otra vez, y otra vez, hasta que sentí caerme de la camioneta. No caí al suelo, sentí algo blando, como un cuerpo el cual amortiguó mi caída. Como pude, giré hasta que quede bocabajo. Otra vez, por instinto y a ciegas creí meter las piernas por debajo de la camioneta.

Todo estaba oscuro, de nuevo la cinta húmeda en mi rostro me empezó a tapar la respiración.

NO TENGAS MIEDO, DIOS ESTÁ CON NOSOTROS... AUNQUE CREAS QUE ES EL FIN: DIOS NUNCA NOS DESAMPARA

 


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