Señor dame fuerza y valor. Ayúdame a enfrentar las
consecuencias de mis errores y pecados. Sé que al fallarle a mi prójimo, te he
fallado a ti y me he fallado a mí mismo. Pero hay en ti misericordia, gracia
infinita. Que si bien los frutos de mi maldad son inevitables, yo sé que
en cada momento de mi prueba Tú me miras lleno de amor, sonriente, y me recibes
con los brazos abiertos tal y como tu palabra dice: ya no te acuerdas de mis
pecados, los has aventado al fondo del mar.
Entonces, ayúdame para que al ver mi rostro reflejado en
el espejo de mi vida diaria, vea yo, no al ser que ha fallado, sino a aquel que
en ti ha confiado: aquel que Tú has limpiado y perdonado. Y si otros quieren
cargarme el peso de sus propias culpas y limitaciones, que yo los vea a ellos
con amor; y que mi corazón entienda que en el fondo, ellos también anhelan tu
perdón. Que perdonándome primero a mi mismo, pueda yo también perdonar a todo
aquel que busque herirme con humillación.
Quiero mirarte a ti Jesús en ellos, y mirarte a ti Señor
en mí. Me has perdonado Tú, hoy me perdono a mí mismo yo, y me doy a mí mismo
otra oportunidad de seguir caminando. Quiero volver a tus caminos, te quiero
agradar. Dame la fortaleza y la seguridad para a todos, a todas y aun a mí mismo, después de la caída:
siempre poder una vez más perdonar.
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